martes, 2 de septiembre de 2008

LA SEÑORA QUE TENÍA POR MARIDO UN RAYO

LA SEÑORA QUE TENÍA
POR MARIDO UN RAYO

Héctor Martínez
Narrador

Había una vez una familia humilde que vivía en un rancho y en
un jacalito. En este jacalito solamente vivían dos personas de
la familia: una anciana y su nieta, ya que el marido de la anciana
había fallecido y los padres de la nieta también. Como se encontraban
solas no había un responsable de la casa; entonces a
ellas, la vida les costaba muy cara o hacían mucho sacrifico
para poder subsistir, pero se la pasaban, aunque les era un
poco pesado.
La anciana cuidó y mantuvo a su nieta, pero la anciana ya
estaba muy viejita y no podía hacer nada. Entonces, la jovencita
ya había crecido, ya estaba grande, ya ella se dedicaba a los
quehaceres de la casa. Era trabajadora, pero también la gustaba
acarrear leña en un lugar lejano.
Cierta ocasión se le presentó un joven desconocido, que en
realidad era el rayo que se había convertido en persona, y le
habló declarando ser su novia. Pero ella no conocía quien era
esa persona; pero aceptó y charlaron y él le ayudó a cortar leña
a la joven y ambos se retiraron de ese lugar. La jovencita llegó
a su casa y le contó a su abuela:
—Abuelita, ya me voy a casar. Ya tengo novio.
—¿Y quién es tu novio?
—Es un joven que vive allá, en el rancho aquél. Vamos pa’
que lo conozcas.
—Órale pues mi’jita, me gustaría conocerlo.
—Sí abuelita, te voy a llevar. Pero te paras lejos.
Y entonces decidieron ir al rancho y la abuelita se quedó en la
entrada de la milpa, mientras la jovencita se dirigió más adelante.
Empezó a cortar el primer palo cuando apareció una víbora
(que era el rayo, pero rápidamente se convirtió en persona). Le
habló de nuevo a la jovencita, se le acercó, la ayudó a cortar
leña, después terminaron.
El rayo (o el joven) se fue sobre la muchacha, la besó, la
acarició; se besaron, se tomaron confianza. Entonces le dijo a
la jovencita:
—Dile a tu abuelita que te vas a ir conmigo a mi casa, y que
no se preocupe, que un día le voy a ir a dejar todo.
En eso regresa la señorita a platicar con su abuelita:
—Abuelita, me voy a quedar con mi novio y pasado mañana
te deja todo en la casa.
—¡Ay! Condenada, la víbora es tu novio— contesta la
abuelita.
—Sí, abuelita.
—¡Qué bárbara!
La abuelita se había dado cuenta cómo salió la víbora y cómo
besaba a su nieta sacando la lengua, lamiéndola en la cara.
Pero en fin, la jovencita tomó la decisión y se fue con el rayo,
pero le advirtió a su abuelita:
—Pasado mañana, cuando llueva, acuéstate y tápate, y no
te destapes. Pero primero deja al centro de tu casa un baúl, y
que te hagas dos coscomates.
Se hizo todo. Llegó el día y la hora. De repente se nubló y
empezaron a caer las primeras gotas de lluvia. La anciana se
acostó y se quedó dormida; entonces empieza a retumbar el
rayo y trueno suelta el aguacero. Empieza a llover. En eso, la
señora va escuchando ruidos en los coscomates y en el baúl.
Ya era mucho; ya no los soportaba la anciana y se destapó.
Todo quedó inquieto pero ya le habían advertido que no se destapara.
Ni modo; y dejó de llover. Se calmó el trueno. La abuelita
se levantó para ver qué había pasado; que al coscomate y lo
encontro lleno de frijol y maíz; en el baúl habían monedas y
billetes que le había dejado el rayo. La anciana se emocionó, se
hizo rica y mucho más.
Después llegó la jovencita, ya toda una señora. Bajo el brazo
traía un cesto tapado y dijo que llevaba allí a sus hijitos. Le dijo
a la abuelita:
—Vengo a ayudarte. Voy al pozo a lavar.
La abuelita, emocionada, se quedó contenta por ver a su nieta.
Pero ésta le advirtió que no despertara a los pequeñitos. La
abuelita, muy curiosa, cuando salió su nieta por curiosidad destapo
el cesto para conocer a sus bisnietos. Entonces vio muchas
culebritas, hijas del rayo. La anciana se espantó y dejó
abierto el cesto.
Los pequeños despertaron y huyeron. Cuando la madre regresó
ya no encontró a sus hijitos y se molestó. Se retiró del
lugar y se fue a su casa.


TOMADO DEL LIBRO "FIESTA DE LOS PUEBLOS INDIGENAS DE MEXICO" DE GUSTAVO TORRES

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