lunes, 15 de septiembre de 2008

EL NIÑO CAZADOR

EL NIÑO CAZADOR
Héctor Martínez
Narrador
Cierto día, en un pueblo humilde vivía una ancianita. Por cierto,
vivía con su nieto. El nietecito quedó de meses con su abuelita
porque se le murieron sus papás. Por eso la viejita se quedó
con el nietecito; lo cuidó y lo mantuvo como si fuera su propio
hijo, aunque no era de la familia. La abuelita apreciaba mucho al
muchacho.
Ya que el niño creció, como a los siete u ocho años de edad,
ayudaba cantidad a la ancianita en los quehaceres. ¡Cómo trabaja
ya! Ayudaba en la acarreada de leña, agua, en el aseo del
hogar. El niño fue creciendo; se dedicó a trabajar como las personas
mayores porque no tenía con qué mantenerse. Entonces
la abuelita le dijo:
—Hijo, ¡cómo trabajas mucho! No deberías trabajar tanto.
—No, abuelita, es que no tenemos dinero, no tenemos alimentos
y veo que la pasamos muy difícil.
—Entonces, ¿qué haremos?
El niño era muy trabajador porque no tenía ni papá ni mamá; y
como debía mantener a su abuelita pues tenía que trabajar muy
duro. Ya llevaba meses trabajando, y todo dejaba en la casa listo.
Aseaba la casa, traía agua en las mañanas y también leña.
En una ocasión, cuando ya tenía doce años, al niño se le
ocurrió ir a trabajar con una persona. Pero el niño ya tenía sus
planes antes de trabajar: debía dejar todo listo (aseo y comida
preparada). Así era porque el niño se daba cuenta del sacrificio
que había hecho la abuelita.
Pero había otro señor que tenía un hijo; este niño era muy
juguetón y no le gustaba trabajar mucho. Cierto día llegó a un
pozo cerca del pueblo donde las mujeres tomaban agua para
acarrear. En aquel entonces todavía no habían cubetas, materiales
o ánforas; el agua se cargaba en cántaros de barro. El
niño tenía que amarrar su cántaro con un mecapal y así iba de
aguador a traer agua. Pero el otro niño, como era muy rebelde,
no le importaba nada; lo que le gustaba era ir a divertirse. Entonces
un día este niño fue al pozo y vio muchos animales y dijo:
—¡Híjole! Yo creo que éste es un buen lugar para una buena
cacería.
Esa misma tarde, el niño se preparó. Tomó su arco y su flecha,
porque en aquel entonces no había rifles ni armas de otro tipo;
sólo se usaban arcos y flechas. Con esa decisión y mentalidad,
el niño salió. Pero el otro niño, como era muy pobre, tenía necesidad
de traer agua y esa madrugada se va al río. En el río
había un chorro, una cascada. El niño se fue temprano y le dejó
todo preparado a la abuelita. Ésta era la manera de agradecerle
todo lo que le había apoyado.
El niño se fue de madrugada al chorro. Pero el otro niño como
también había dicho:
—Mañana voy a cazar elefantes. Voy a cazar animales grandotes
como los elefantes, como los toros.
Al chorro llegaban muchos animales que no se domesticaban
todavía. Entonces el niño se fue, se fue a traer agua. Llegó al
pozo con su cantarito cargado en la espalda, y empezó a llenar
su cántaro. Entonces el otro niño, el vecino, ya estaba listo con
su arco, con su flecha. Se acercó al río y escuchó un sonido:
buuuu, buuuu, buuuu.
—¡Los elefantes, los elefantes! ¡Ya los tengo, ya los tengo!
Eso es segurito, segurito— gritó el niño sin imaginarse quien era.
En eso, el niño seguía llenando su cántaro: buuuu, buuuu, buuuu,
y el otro muchacho:
—¡Ah! Es un elefante.
Tomó su arco, su flecha y le atinó donde según él estaba el
elefante. Pero se escuchó el grito de un niño.
—¡Aaay mamá! ¡Qué me pasa! ¡Por qué me haces eso!
El niño cazador salió corriendo hacia el muchacho huérfano.
—¿Qué tienes? —le preguntó.
—Oye amigo, ¿por qué me has herido? ¿Por qué me lastimas?
Yo ¿qué te he hecho? ¿Qué te debo? Si tú sabes que no
te debo nada ¿por qué me lastimas de esa manera?
—Discúlpame mano. Mi intención no era esa. Yo sólo vine a
cazar elefantes y animales grandes. No me imaginé que eras
tú. No imaginé que era el cántaro el que hacía buuuu. Entonces
discúlpame. Te voy a llevar al pueblo pa’ que te curen.
—No. Lo único que te recomiendo es que atiendas a mi abuelita
como yo la atendía. Le vas a dar agua, leña y todos los
alimentos que necesite porque ella ya no puede mantenerse
sola.
Y antes de que terminara, el niño murió. Se le fue la vida porque
el otro niño le había atinado en el mero corazón. Ahí quedó
tirado el niño. El niño cazador fue con la abuelita, y le dijo:
—Abuelita, abuelita. Discúlpame. Te traigo malas noticias.
—Dime, ¿qué paso?
—Discúlpame. Es que yo no lo quise hacer. Se murió tu nieto.
—¿Qué le pasó ¿Qué le hiciste? —gritó la abuelita alborotada.
—Tranquilícese. Yo la voy a ayudar, yo me voy a quedar en
su lugar.
El niño entonces le contó lo que había sucedido, que lo había
confundido con un elefante. La abuelita sintió que se le salía la
vida, se sintió muy mal. El niño le avisó a su familia para que le
ayudaran a cargar y a enterrar al otro muchacho. Pero antes de
que lo enterraran, la abuelita le dijo:
—Hijo, el día de mañana, cuando estés grande, cuando te
cases y cuando tengas hijos, ninguno de ellos va a vivir. Ninguno
de tus hijos sobrevivirá en este mundo. Nada más te vas a
dar cuenta cómo van a desaparecer. No los esperes vivos.
Al muchacho no le interesó. Se quedó manteniendo a la abuelita,
pero ya no era lo mismo como con aquel otro muchacho. Un
día el muchacho cazador decidió juntarse con una muchacha.
Como no se llevaban bien con la abuelita decidieron vivir aparte,
fuera del pueblo, cerca de un bosque. Todavía le daban agua
y leña a la abuelita, pero muy poco, sólo lo indispensable.
La señora tuvo a su primer hijo. El niño creció y empezó a
caminar. En un descuido, cuando estaban comiendo, el niño
desapareció porque estaban muy cerca del bosque. Al segundo
hijo le pasó lo mismo. Así fue como se cumplió la maldición de
la abuelita. Por eso es que dicen que sí existen las maldiciones.

Tomado de: "FIESTAS DE LOS PUEBLOS INDIGENAS DE MEXICO" de Gustavo Torres

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