lunes, 15 de septiembre de 2008

Cuentos Mixes -LA HIJA QUE SE HIZO RICA

LA HIJA QUE SE HIZO RICA
HUMBERTO LUIS
Narrador
Dicen que en un pueblo vivía una familia demasiado pobre que
carecía de todo. La familia estaba integrada por el papá, la mamá
y cinco hijas. Puesto que eran muy pobres, el papá no podía
más que trabajar a diario en el campo para ganarse el sustento
y mantener a su familia. El papá debía trabajar en el campo
todos los días.
Pero como las seis mujeres ( la madre y las hijas) eran
demasiado pobres y no tenían nada que comer, empezaron
a robar gallinas para matarlas y comerlas a escondidas del
padre, mientras éste se la pasaba en el campo trabajando bajo
el sol. Esto se volvió cosa de todos los días, y cada vez que
el papá llegaba nunca le convidaban de lo que ellas habían
comido, sino que sólo le daban una tortilla con sal, chilito y
café.
Pero la hija más pequeña era algo curiosa; así, cuando comían
algo, siempre guardaba un poco de su comida a escondidas
para dársela a su papá. Y así era del diario.
—Mira papá, nosotras comimos esto y es para tí; pero no les
digas nada porque me pegan.
Así pasaron los días hasta que una vez el papá lloró de coraje
o sentimiento.
—Hija, yo sé que tú vas a tener mucho futuro; tendrás un
marido bueno, mucho dinero y te vas a volver rica. Gracias por
todos los favores que me haces.
El padre le pedía a Dios, le decía al Dios Kong-Anäw que en
verdad le recompensara a su hija por la manera en que ella le
estaba ayudando. Y le repetía:
—Hija, tú vas a ser rica, y yo, como tu padre, te lo digo de
todo corazón.
Así siguieron pasando los días, hasta que en una ocasión las
cinco hijas se fueron a la milpa para ver qué encontraban por
allá. Ya iban de regreso cuando, de repente, en el camino les
agarró un rayo y empezaron los truenazos; comenzó a llover.
En el momento que empezaron los rayos aparecieron tres señores;
eran como príncipes, como reyes venían vestidos. Los
señores saludaron a las muchachas, se conocieron y hasta
ahí. Cada quien se fue para su casa.
Cuando las muchachas llegaron a su casa le platicaron a su
mamá que se habían encontrado con tres hombres guapos y
muy ricos que parecían como príncipes. Una vez más las muchachas
volvieron a su milpa y se encontraron a los señores y
no pasó nada. Una ocasión en que las muchachas estaban en
su casa de repente apareció un rayo, empezó a tronar por todos
lados hasta que aparecieron tres caballos en la puerta del hogar.
Eran tres caballos blancos y encima de ellos, montados,
los mismos tres señores que eran el papá y el hijo que quería
pedir la mano de la hija, y otro hermano. Ellos eran Anáw.
Los señores entraron a la casa y el padre le dijo a la señora:
—Vengo a pedirte la mano de una de tus hijas. Mi hijo se
quiere casar con alguna de ellas.
—Sí, está bien. Con mucho gusto. Ahorita las llamo. Son
cinco y ahorita la escoges.
Las cinco hijas vienen y se sientan. La mayor pensó que era
ella a la que estaban pretendiendo. Pero el papá Anäw dijo:
—Que cada una de ellas me extienda sus manos.
Entonces cada hija, desde la más grande hasta la más chica,
extiende sus manos al señor y éste empieza a leérselas.
—Bueno, está bien. Ya decidí a cual de tus hijas me voy a
llevar, dijo papá Anäw.
—Dime a cuál prefieres —le respondió la mamá.
—Yo prefiero a la más chiquita (que tenía como 13 o 14
años).
—¡No puede ser! ¡Cómo es posible! —exclamó la mamá,
mientras las otras hermanas ya estaban enojadas porque no
habían sido las elegidas.
Las hermanas empezaron a odiar a su hermanita porque ella
fue la afortunada, porque se iba a casar con un hombre de
mucha riqueza. El asunto quedó de todas formas así. Siguió
tronando; siguieron apareciendo rayos hasta que los hombres
montaron sus caballos y se fueron. El tiempo transcurrió y las
hermanas le comentaron al papá, quien opinó:
—Ah, pues qué bueno; me da mucho gusto que mi hija más
chica haya sido la elegida porque siempre ha sido buena conmigo.
Gracias a Dios, gracias a Kong y gracias a Anäw que me
lo haya concedido. Yo siempre se lo he pedido de corazón.
Al fin se puso la fecha de la boda; se hizo la boda con fiesta
porque era familia rica, fue una fiesta en grande. Entonces la
muchacha se fue avivir con sus suegros. Así vive por allá, pero
ya no era de este mundo, sino del mundo de Anäw y Kong. La
muchachita le tenía que decir a su mamá que ya tenía que irse,
que los iba ir a visitar pero ya no en persona. Pero como ellos
eran tan pobres, la señora le pidió que le mandara un poco de
dinero, ya que ahora era rica, a lo que la hija le respondió que sí,
que con mucho gusto se lo enviaría.
Ya cuando la niña se había ido a vivir con su esposo, éste le
dijo que sí necesitaba dinero podía tomarlo de la “caja”, pero
antes tenía que decirle a la “cinta” que se quitara. La caja estaba
envuelta por una cinta que en realidad eran animales salvajes
como boas, sordas y otras culebras venenosas. Sólo tenía
que decirle que se quitara de ahí. Cada vez que la hija necesitaba
dinero hacía lo que le había recomendado su esposo.
Un día la hija le comentó a su esposo que su mamá le había
pedido dinero porque ellos eran muy pobres.
—¿Cuándo se lo llevamos? ¿Cuándo se lo mandamos?
—Sí, sí se lo mandamos. Que lo lleven mis tres hermanos.
La mamá y las hermanas de la niña ya los estaban esperando en
la milpa. Los hermanos del esposo entonces llegaron a la milpa.
Cuando se aparecieron comenzó a tronar, a llover y a salir rayos.
Pero abajo de los rayos la mamá vio a tres venados y que les
dispara y que mata a dos venados ahí. La mamá, muy contenta,
llegó como si nada mientras el otro venado se escapaba.
Volvió a pasar el tiempo y el dinero no llegaba. Entonces la
mamá le preguntó a su hija en sueños por qué no le había
mandado el dinero. La hija le respondió:
—¡Cómo! Si te estoy mandando el dinero y me estás matando
a mi familia. Estás destruyendo a mi familia. Me acabas de
matar a mis dos cuñados.
—¡Cómo es posible! Si yo no he matado a nadie, contestó la
mamá.
—Pues aquellos venados que mataste en el camino eran
mis cuñados.
—Bueno, está bien. Para otra ocasión será.
Y volvió a pasar en la segunda ocasión; lo mismo sucedió. En
esta ocasión la hija le informó a la mamá:
—Ya no van a ser mis cuñados; va a ser otra persona de la
familia.
Pasa otra vez el tiempo. La mamá se va a un lugar. De repente
aparecen otra vez los rayos, empiezan los truenos por aquí y
por allá; cae la lluvia. La señora va caminando y de repente en
el camino aparece una boa pero bien grandísima. Y la mamá la
mató así como si nada. Otra vez llega a su casa. Pasa un
tiempo bastante largo y el dinero no les llega. En sueños se le
aparece de nueva cuenta su hija y le dice:
—Oye, qué pasó. No me has mandado el dinero que te pedí
desde hace mucho. Como te has vuelto rica, te has olvidado de
la familia.
—No, mamá. Ya es la segunda ocasión en que te envío el
dinero. La boa que te encontraste en el camino era mi cuñada, y
ya me la mataste. Ya nos estás acabando.
—¡Híjole! Pues cómo quieres que le haga.
—Mira, si quieres, ésta ya es tu tercera y última oportunidad.
Haz lo que te voy a indicar, pero lo tienes que cumplir —
dijo la hija a su mamá.
—Está bien. Dime qué es lo que debo de hacer.
—Bueno, mira: vas a subir a ese cerro. Ahí en la caja está el
dinero. Está envuelto de cintas de colores que en realidad son
víboras, boas y animales salvajes. Pero antes que nada tienes
que llevar una ofrenda. Lleva una gallina y ahí la sacrificas. Le
dices a Kong y a Anäw que te dé. Pero te esperas, pidele de
corazón y con toda fe que te lo dé; dile que estás muy necesitada
y tu familia también, pero sí te lo vamos a dar. Yo voy a
estar ahí, nada más que tú no me podrás ver. Ahí todos vamos
a estar entregándote el dinero.
La mamá se despiertó y, como fue en sueños, le comentó a
sus hijas y a su esposo qué es lo que tienen que hacer para
lograr el dinero. Pasa un tiempo y después van al cerro que les
había indicado la muchacha. Ellos ya estaban listos. Ya traían
la veladora, la gallina y todo lo que tenían que depositar en el
cerro. Llegaron al lugar y soltaron a la gallina. La mamá depositó
su ofrenda y comenzó comienza a hacer oraciones. Le pide a
Kong Anäw que le de esa riqueza que tanto anhelaba, todo lo
que necesitaba.
Se esperan un tiempo y ven que las serpientes, víboras y
boas empiezan a desenvolverse de la caja que estaba ahí. Cuando
ven la caja totalmente libre, la abren y se dan cuenta que
dentro había pura riqueza, puro dinero. Toman la caja, la llevan a
la casa y hacen una ceremonia, una fiesta. Le hacen otro ritual
a Kong Anäw y así es como esta familia se levanta; se hacen
ricos y empiezan a normalizar su vida en este mundo.
Tomado del libro: "FIESTAS DE LOS PUEBLOS INDIGENAS DE MEXICO" de Gustavo Torres

EL NIÑO CAZADOR

EL NIÑO CAZADOR
Héctor Martínez
Narrador
Cierto día, en un pueblo humilde vivía una ancianita. Por cierto,
vivía con su nieto. El nietecito quedó de meses con su abuelita
porque se le murieron sus papás. Por eso la viejita se quedó
con el nietecito; lo cuidó y lo mantuvo como si fuera su propio
hijo, aunque no era de la familia. La abuelita apreciaba mucho al
muchacho.
Ya que el niño creció, como a los siete u ocho años de edad,
ayudaba cantidad a la ancianita en los quehaceres. ¡Cómo trabaja
ya! Ayudaba en la acarreada de leña, agua, en el aseo del
hogar. El niño fue creciendo; se dedicó a trabajar como las personas
mayores porque no tenía con qué mantenerse. Entonces
la abuelita le dijo:
—Hijo, ¡cómo trabajas mucho! No deberías trabajar tanto.
—No, abuelita, es que no tenemos dinero, no tenemos alimentos
y veo que la pasamos muy difícil.
—Entonces, ¿qué haremos?
El niño era muy trabajador porque no tenía ni papá ni mamá; y
como debía mantener a su abuelita pues tenía que trabajar muy
duro. Ya llevaba meses trabajando, y todo dejaba en la casa listo.
Aseaba la casa, traía agua en las mañanas y también leña.
En una ocasión, cuando ya tenía doce años, al niño se le
ocurrió ir a trabajar con una persona. Pero el niño ya tenía sus
planes antes de trabajar: debía dejar todo listo (aseo y comida
preparada). Así era porque el niño se daba cuenta del sacrificio
que había hecho la abuelita.
Pero había otro señor que tenía un hijo; este niño era muy
juguetón y no le gustaba trabajar mucho. Cierto día llegó a un
pozo cerca del pueblo donde las mujeres tomaban agua para
acarrear. En aquel entonces todavía no habían cubetas, materiales
o ánforas; el agua se cargaba en cántaros de barro. El
niño tenía que amarrar su cántaro con un mecapal y así iba de
aguador a traer agua. Pero el otro niño, como era muy rebelde,
no le importaba nada; lo que le gustaba era ir a divertirse. Entonces
un día este niño fue al pozo y vio muchos animales y dijo:
—¡Híjole! Yo creo que éste es un buen lugar para una buena
cacería.
Esa misma tarde, el niño se preparó. Tomó su arco y su flecha,
porque en aquel entonces no había rifles ni armas de otro tipo;
sólo se usaban arcos y flechas. Con esa decisión y mentalidad,
el niño salió. Pero el otro niño, como era muy pobre, tenía necesidad
de traer agua y esa madrugada se va al río. En el río
había un chorro, una cascada. El niño se fue temprano y le dejó
todo preparado a la abuelita. Ésta era la manera de agradecerle
todo lo que le había apoyado.
El niño se fue de madrugada al chorro. Pero el otro niño como
también había dicho:
—Mañana voy a cazar elefantes. Voy a cazar animales grandotes
como los elefantes, como los toros.
Al chorro llegaban muchos animales que no se domesticaban
todavía. Entonces el niño se fue, se fue a traer agua. Llegó al
pozo con su cantarito cargado en la espalda, y empezó a llenar
su cántaro. Entonces el otro niño, el vecino, ya estaba listo con
su arco, con su flecha. Se acercó al río y escuchó un sonido:
buuuu, buuuu, buuuu.
—¡Los elefantes, los elefantes! ¡Ya los tengo, ya los tengo!
Eso es segurito, segurito— gritó el niño sin imaginarse quien era.
En eso, el niño seguía llenando su cántaro: buuuu, buuuu, buuuu,
y el otro muchacho:
—¡Ah! Es un elefante.
Tomó su arco, su flecha y le atinó donde según él estaba el
elefante. Pero se escuchó el grito de un niño.
—¡Aaay mamá! ¡Qué me pasa! ¡Por qué me haces eso!
El niño cazador salió corriendo hacia el muchacho huérfano.
—¿Qué tienes? —le preguntó.
—Oye amigo, ¿por qué me has herido? ¿Por qué me lastimas?
Yo ¿qué te he hecho? ¿Qué te debo? Si tú sabes que no
te debo nada ¿por qué me lastimas de esa manera?
—Discúlpame mano. Mi intención no era esa. Yo sólo vine a
cazar elefantes y animales grandes. No me imaginé que eras
tú. No imaginé que era el cántaro el que hacía buuuu. Entonces
discúlpame. Te voy a llevar al pueblo pa’ que te curen.
—No. Lo único que te recomiendo es que atiendas a mi abuelita
como yo la atendía. Le vas a dar agua, leña y todos los
alimentos que necesite porque ella ya no puede mantenerse
sola.
Y antes de que terminara, el niño murió. Se le fue la vida porque
el otro niño le había atinado en el mero corazón. Ahí quedó
tirado el niño. El niño cazador fue con la abuelita, y le dijo:
—Abuelita, abuelita. Discúlpame. Te traigo malas noticias.
—Dime, ¿qué paso?
—Discúlpame. Es que yo no lo quise hacer. Se murió tu nieto.
—¿Qué le pasó ¿Qué le hiciste? —gritó la abuelita alborotada.
—Tranquilícese. Yo la voy a ayudar, yo me voy a quedar en
su lugar.
El niño entonces le contó lo que había sucedido, que lo había
confundido con un elefante. La abuelita sintió que se le salía la
vida, se sintió muy mal. El niño le avisó a su familia para que le
ayudaran a cargar y a enterrar al otro muchacho. Pero antes de
que lo enterraran, la abuelita le dijo:
—Hijo, el día de mañana, cuando estés grande, cuando te
cases y cuando tengas hijos, ninguno de ellos va a vivir. Ninguno
de tus hijos sobrevivirá en este mundo. Nada más te vas a
dar cuenta cómo van a desaparecer. No los esperes vivos.
Al muchacho no le interesó. Se quedó manteniendo a la abuelita,
pero ya no era lo mismo como con aquel otro muchacho. Un
día el muchacho cazador decidió juntarse con una muchacha.
Como no se llevaban bien con la abuelita decidieron vivir aparte,
fuera del pueblo, cerca de un bosque. Todavía le daban agua
y leña a la abuelita, pero muy poco, sólo lo indispensable.
La señora tuvo a su primer hijo. El niño creció y empezó a
caminar. En un descuido, cuando estaban comiendo, el niño
desapareció porque estaban muy cerca del bosque. Al segundo
hijo le pasó lo mismo. Así fue como se cumplió la maldición de
la abuelita. Por eso es que dicen que sí existen las maldiciones.

Tomado de: "FIESTAS DE LOS PUEBLOS INDIGENAS DE MEXICO" de Gustavo Torres

viernes, 5 de septiembre de 2008

EL TRUENO, AMO Y DUEÑO DE LOS ANIMALES

EL TRUENO, AMO
Y DUEÑO DE LOS ANIMALES
Héctor Martínez
Narrador
En un campo vivía una familia humilde. Esta familia no vivía
bajo un techo, sino dentro de una cueva. Cierto día, estas personas
tenían un poco de dinero y alimentos; pero es bien sabido
que ni el dinero ni la comida duran para siempre. Un día,
pues, se les terminó el dinero junto con los alimentos. La familia
estaba indecisa; no sabían qué hacer.
Todos salieron a buscar trabajo. Se fueron por el bosque;
entraron en la selva hasta que llegaron a un lugar donde ya no
soportaban el hambre y el sueño, porque ya llevaban varios
días de camino. Entonces tuvieron que comer cualquier maleza
que encontraron. Un día llegaron a un lugar hermoso: un llano.
Vieron que por allí trabajaban unas personas, que eran los mozos
de un rico hacendado. El hacendado tenía manadas de
animales: jabalís, tejones, temazates, muchos animales.
La familia, sin embargo, no se imaginaba en realidad quién
era ese rico hacendado: el trueno (Anäw). La familia se sentó y
empezó a platicar con los mozos. Entonces éstos le hablaron
al patrón y le dijeron que una familia buscaba trabajo. El trueno
llegó y saludó a la familia.
—Patrón, venimos buscando trabajo. A ver si no necesita
mozos. Nosotros venimos de muy lejos, desde un lugar muy
retirad—, dijeron los de la familia.
—¡Ah sí! ¿Qué tipo de trabajo saben hacer?
—No, pus no sabemos hacer nada.
—Yo creo que sí pueden hacer algo.
—No, pues sí. Pues para eso estamos; para eso venimos a
trabajar. Lo que sea porque nosotros estamos dispuestos.
Entonces la familia se sintió muy a gusto porque les daban
trabajo; la señora también. En eso la señora le pregunta a su
marido:
—¿Qué haremos? ¿Podremos con este trabajo?
—Quién sabe. Vamos a intentarlo.
El señor decidió ir a trabajar con el trueno y lo llevaron a un
campo, en el cual le enseñaron un corralote. El corralote estaba
lleno de animales: jabalís, tejones, zorros, venados, mapaches,
e infinidad de distintas especies. Todo tipo de aves, pájaros.
También había víboras.
El señor comenzó a cuidar los animales. Pero el trueno les
había anticipado cómo se sacan los animales. El señor cumplió
con el trabajo. Sacaba los primeros animales y salían cargaditos,
pero ordenados. Los animales no se dispersaban, sino que iban
juntos. El trueno nada más los observaba; claro que no se encontraba
presente físicamente, pero él, siendo trueno y rayo,
anda por el aire, por el espacio a través de las nubes. Él se
daba cuenta de todo.
Entonces la familia fue a cuidar e hicieron buen trabajo. Por
cierto, un día, el trueno, amo y señor de los animales, fue a
visitar a la familia para ver cómo cuidaban a sus animales. Y, de
repente, le dieron ganas de ir al baño. Y dice:
— Ahorita regreso. Voy al baño. Olvidé mi ceñidor
Entonces el trueno se fue, pero más tarde regresó.
—¿Saben qué? Ustedes están haciendo un buen trabajo,
pero antes de que se me olvide allá, por donde me fui a hacer
del baño (nada más era para ver qué tipo de personas eran),
quiero que vaya María a traer mi ceñidor, allá donde hice “del
dos” —según él.
—Órale pues.
Fue la señora María. Llegando allá se quedó asombrada porque
vio una viborota, una coralillo. Cómo brillaban sus colores. Y
María gritó:
—No, pues si es una víbora! ¡No, es un ceñidor!
Entonces regresó corriendo con el trueno.
—Oiga señor, ¿sabe qué? Su ceñidor no es un ceñidor. Lo
que había era una víbora tremenda. Era una coralillo de colores
preciosos ¡Cómo brillaba! Pero como es una víbora me puede
lastimar y no me acerqué.
—¡No seas tonta, María!. Ve y recógelo. ¿Sabes qué? Te
volteas, no mires para atrás y recoges mi ceñidor. No lo mires.
Voltéate y sin que te des cuenta agarras mi ceñidor; pero no lo
veas.
Entonces María fue para hacer lo que le había dicho el trueno.
Llegó al lugar pero, antes de acercarse a donde estaba la víbora,
se volteó y caminó hacia atrás. Donde calculó que estaba el
ceñidor, o la víbora tirada, se agachó para agarrarla. Al tocar a
la víbora ésta se conviertió en el ceñidor. Ahora sí se lo llevó al
trueno, su patrón.
—Aquí está el ceñidor, patrón.
—Ya ves. María, ¿qué te dije? No era nada malo. Es mi ceñidor.
—Ah, bueno, pero es que así lo vi.
El trueno se despidió. En eso comenzó a llover. El señor metió
a los animales en su corral, pero al terminar se dio cuenta que
se le habían extraviado dos venados, jabalís, tejones y otros
animales. Entonces los mozos se sintieron muy dolidos. Llegaron
luego con el patrón y le dijeron:
—¡Patrón! ¡Patrón!
—Qué pasó, hijos. Pásenle.
—Fíjese patrón que ya no vamos a poder trabajar con usted
porque le traemos una mala noticia. Se nos extraviaron estos
animales; ya los buscamos por todos lados pero no los
encontramos.
—¡Ah sí! De eso no se preocupen. Los animales que no
encuentran son pedidos que me hicieron desde hace tiempo,
pero que no los había entregado. ¡De qué se preocupan! —dijo
el trueno, amo y dueño de los animales.
Entonces los mozos se despidieron de su patrón y regresaron
a sus casas.

TOMADO DEL LIBRO "FIESTAS DE LOS PUEBLOS INDIGENAS" DE GUSTAVO TORRES

jueves, 4 de septiembre de 2008

LA MUJER QUE ENGAÑO AL DIABLO Héctor Martínez

LA MUJER QUE ENGAÑO
AL DIABLO
Héctor Martínez
Narrador

Había una vez una familia que vivía en el campo y no tenía
nada; era muy pobre. Cierto día, los integrantes de la familia, el
marido y la mujer,andaban pensando qué comerían, qué gastarían
en todo el tiempo, en todo el año:
—¿Qué haremos? ¿Cómo viviremos?
El marido decide ir a trabajar lejos. No le importa lo que pase y
deja a su mujer sola, esperando. Ella no se preocupaba. El señor
se fue; se metió por el monte. Lo encontró la noche y ahí se
quedó dormido. A la mañana siguiente se levantó temprano y
seguió su ruta. Y otra vez lo mismo, de nuevo llegó la noche, y
así hasta el tercer día. El lugar en el que se quedó la tercera
noche fue en medio de una selva virgen, lejana y desconocida.
El señor veía cómo pasaban muchos animales, víboras; éste
temblaba de miedo. Entonces, decidió quedarse en un árbol o
en roca. El señor pensó:
—Si me subo a una roca, fácil se trepa un tigre y me devora.
Mejor me voy a quedar en un árbol.
El señor se subió a un árbol. Tranquilo se durmió (mientras miraba
a todos los animales que pasaban debajo de él) pero por
dentro tenía miedo de ver a qué horas se subía algún animal y
se lo comía. Así amaneció. El señor de nuevo tomó su ruta
hasta que, al tercer día, se encuentró con un señor que montaba
un caballo blanco, elegante. Se notaba que ese señor era
rico y poderoso; de esos señores billetudos. Se le notaba en la
cara y en el tipo de caballo que traía. Entonces el señor le
preguntó si tenía algún trabajo, pues él necesitaba trabajar.
—Sí ¡cómo no! Si tienes ese deseo, pues vamos a la casa.
Entonces lo llevó a su casa. Le enseñó el campo que tenía y
le dijo dónde iba a trabajar. El señor trabajó en el campo. Estuvo
a gusto ya que ahí sí ganó sus centavitos. Entonces el señor,
cuando vio que tenía suficientes billetes, regresó a se va ver a
su “ñora”. Llegó a su casa contento, con muchos billetes en la
bolsa. Estubo unas semanas con su familia hasta que gastó
todo lo que tenía. Hizo su casita.
El señor y la señora decidieron ir juntos a trabajar con el
patrón. Pero no trabajaban mucho sino que pedían préstamos;
pedían créditos a su patrón, que era el diablo, aunque ellos no
lo sabían porqueél estaba disfrazado. El diablo había cambiado
su manera de ser; también puede adquirir la forma de animales.
Los esposos trabajaron nada más un tiempo, el patrón les dio lo
que habían pedido prestado y luego se fueron, creyendo que su
patrón ya no los iba a encontrar.
Pero como era el diablo es lógico que los encontrara. El señor
había hecho un pagaré: “cubro ésto y lo pago tal fecha; pero
si no lo cubro, pago con interés”.
Los señores llegaron a su casa y pusieron un puesto grande,
una tiendota. El señor entonces se hizo poderoso; ya que como
dice el dicho: “el dinero del diablo cómo aumenta en minutos o
en segundos”. A los señores les gustó, pero llegó el día de
pagar la cuenta. El señor estaba indeciso.
—¿Cómo le pagaré? ¿O no le pago? ¡Ese señor tiene muchos
billetes!
Pasó un día, dos, y al tercero fue a ver al patrón.
—Patrón, hasta ahorita vengo, pero traigo malas noticias.
Ahorita ando bien jodido, no cuento con suficientes recursos.
No tengo dinero ‘orita. Pero le aseguro que le pago después.
—Como quieras, si no puedes ahora, pues págame pa’ la
próxima.
Entonces fijaron otro día. El señor salió para su casa. El se
había convertido en un ricachón de primera.
La fecha pactada llegó y el diablo fue a casa del señor ricachón.
Llegó montado en su caballo blanco. El señor, para entonces,
ya sabía que el patrón era el diablo. Tocó el diablo y contestó
la esposa del nuevo rico, porque ella sabía que esa fecha
iba a llegar el diablo. Pero la señora había escondido a su marido
debajo de la cama, para que el diablo no lo viera.
—No está mi marido. Todavía no llega porque se fue a otro
lugar para trabajar, porque ahorita no tenemos dinero —le decía
la señora al diablo, aunque no le enseñaba la tiendota que tenían
dentro de la casa.
—Bueno, dentro de 15 días regreso; y si no me pagan pues
les quito la casa y me los voy a llevar a ustedes para siempre.
El diablo se fue. Cuando la señora vio que ya se había alejado
bastante llamó a su marido.
—Ya se fue. ¡Salte, salte! Ahora tenemos que planear qué
vamos a hacer.
Entonces se pusieron a pensar bien lo que iban a hacer. Tanto
pensaron que nada más les faltaban dos días para la cita. A los
trece días, a la señora se le ocurrió pelar a su marido. Le cortó
el cabello y lo dejó pelón, sin un solo cabello; hasta le brillaba la
cabeza, se veía muy feo. Faltaban unas cuantas horas para
que llegara el diablo. La mujer le dice a su esposo:
—Tú te vas a sentar aquí al lado del fogón.
Cuando la señora vio que se acercaba el diablo agarró un puño
de tizne y se lo untó al marido por toda la cabeza. Entonces
llegó el diablo y tocó la puerta.
—¡Señora! ¡Señora! Vengo por el dinero.
—¡Ay patrón! Mire cómo está mi marido.
—¡Cómo!
—¿Qué no ve usted que está enfermo mi marido? Mire cómo
tiene la cara, la cabeza ¿Qué no se da usted cuenta?
—¡Pero cómo!
—Pues está enfermo. Y de dónde vamos a sacar dinero. Así
es que ‘orita no podemos pagarle.
—No, pues si no encuentran... pues ya ni me paguen.
Así es como la mujer engañó al diablo. Por eso dice el dicho que
las mujeres son más cabronas, porque pueden engañar al diablo.

“Aquí en el medio se acostumbra mucho, por las personas que salen de caza en las noches, ir a un monte, a un lugar donde ellos creen que llegael rayo, el trueno, donde llegan los seres ocultos, los espíritus, pues. Entoncesle piden, le ruegan; le ponen veladoras, le matan un gallito o una pareja de aves o le dejan blanquillos. Por eso dice el trueno que es pedido con anticipación”. Aclaración hecha por el mismo narrador en la parte última del relato.

TOMADO DEL LIBRO; FIESTAS DE LOS PUEBLOS INDIGENAS DE MEXICO DE GUSTAVO TORRES

JUAN LOCO O JUAN TONTO HÉCTOR MARTÍNEZ

JUAN LOCO O JUAN TONTO
HÉCTOR MARTÍNEZ
Narrador
Había un muchacho al que llamaban Juan tonto. Como su nombre
lo dice, era bien tonto y loco; tonto más que loco. Él vivía
con su hermano y abuelita. Un día los dos hermanos estaban
decidiendo quién iba a cuidar a la abuelita, porque ésta estaba
muy enferma, en cama. El hermano mayor dijo:
— ¿Sabes qué? Tú te quedas a cuidar a la abuelita. Yo mientras
trabajo en el campo.
Los hermanos se repartieron las tareas. Al mayor le gustaba
trabajar, pero al otro no porque era un loco o un tontito de prime
ra. Cierto día, el hermano mayor vio muy enferma a su abuelita
y le dijo a su hermano Juan loco:
—Oye Juan, ¿por qué no vas a trabajar tú? Ve a limpiar la
milpa. Yo me quedo con la abuelita a atenderla porque está muy
mal.
—Órale pues.
Juan se fue. Llegando a la milpa, este cabrón sacó su machete
y comenzó a cortar todas las matas de la milpa, hasta que las
tumbó por completo. Juan regresó tranquilo a su casa.
—Oye hermano. Ya fui a la milpa. Ora sí dejé un trabajo bien
limpiecito. Hasta te va a dar gusto. Mañana ve a verlo y verás
que te va a gustar.
Pasó la noche, y al día siguiente le dijo el hermano a Juan
loco:
—Oye, ahorita vengo. Voy al campo a ver si hiciste el trabajo
como lo quiero. Tú te quedas a cuidar a la abuelita. La vas a
bañar, le calientas el agua, y cuando yo regrese comemos juntos.
El hermano de Juan se fue a supervisar el trabajo. El tontito se
quedó en la casa y encendió una fogata; le echó mucha leña y
empezó a arder la lumbre. Agarró una olla de barro; le echó
agua y la paso al fuego. Cuando Juan vio que el agua estaba
hirviendo la quitó del fuego. Luego fue con su abuelita y le aventó
encima el agua hirviendo, sobre la cara. Entonces vio que su
abuelita cambió de color y se le empezaron a rajar las partes
del cuerpo, sobre todo en la cara y se le comenzó a abrir el ojo;
los labios se le hincharon hasta que se le veían los dientes. La
abuelita quedó con la boca abierta. Y Juan dijo entonces:
—¡Ay, miren a mi abuelita! ¡Cómo está sonriendo! ¡Miren
cómo sonríe! ¡Le gustó el agua! ¡Le estoy dando un buen baño!
Pero Juan loco ya había matado a su abuelita. En eso llegó su
hermano.
—Oye hermano, me hiciste un mal trabajo.
— Ven hermano, mira. Ya bañé a mi abuelita. Hasta empezó
a sonreír.
Pero Juan loco o tonto había matado a su abuelita.

Tomado del libro: FIESTAS DE LOS PUEBLOS INDIGENAS DE GUSTAVO TORRES

EL TLACUACHE Héctor Martínez

EL TLACUACHE
Héctor Martínez
Narrador
Un día, el tlacuache mo’kx andaba en el monte en busca de
alimento; entonces se encontró con un tigre y éste le dijo:
—Oye tlacuache, ¿qué haces?
—Aquí nomás, buscando alimentos, ¿ y tú?
—Yo por lo mismo. Por eso te voy a comer— le dijo el tigre al
tlacuache.
De repente el tlacuache, agarró una piedra que estaba en el
cerro y le dijo:
—¡Tigre! ¡Tigre! Ayúdame. Se va a caer esta piedra ¡Ayúdame!
Porque si no nos va a matar a los dos.
Entonces el tigre fue y sostuvo la piedra: pero la piedra estaba
fija, y los dos la estaban sosteniendo. Luego el tlacuache le dijo
al tigre:
—¿Sabes qué? Ya me estoy cansando. Voy a ir por alimentos.
Tú quédate aquí.
El tlacuache se fue pero ya no regresó, porque su idea era
escapar del tigre que se lo quería comer. Hasta después el
tigre, que se había cansado mucho, soltó la piedra y vio que no
pasaba nada.
—¡Ah! Así que ese tlacuache me engañó. Pero la otra vez sí
me la tengo que cobrar. Me las va a pagar bien caro.
Pasó el tiempo y el tigre se encontró al tlacuache cerca de una
colmena. Se oía el ruido de las abejas. Le dijo el tigre al
tlacuache:
—Esta vez tlacuache, ¡sí te voy a comer! ¡tengo tanta hambre!
—Bueno, ¡qué importa! Pero ¿sabes una cosa?
—¿Qué?
—No, espérame.
—¿Qué?
—Escucha, escucha. Son mis alumnos que están aprendiendo
solfeo. Están haciendo mucho ruido y mucha guerra porque
tienen hambre como tú y como yo. Quédate un ratito con
ellos. Nada más les voy a traer alimentos. Pero ¿sabes qué?
Cuando hagan mucho ruido y para que no estén molestando,
pégales con esta vara, pégales fuerte.
—Órale pues— dijo el tigre.
El tlacuache se fue y el tigre se quedó con la colmena. Cuando
se acababa de el tlacuache las bajas empiezaron a hacer un
ruido muy fuerte. El tigre se levantó con la vara y se las sono
sabroso. Las abejas salieron y empezaron a corretear al tigre,
hasta que lo picotearon y dejaron todo hinchado.
—¡Ay, ese tlacuache! ¡Cómo es mañoso el canijo! Pero esta
vez sí no lo voy a perdonar —decía el tigre quejándose.
Pasaron los días y el tigre se encontró otra vez al tlacuache.
Pobre tlacuache, ya qué le quedaba, estaba en un lugar indefenso.
—Esta vez no te me escapas.
—No, pues esta vez sí. Ahora sí trágame entero, trágame.
Entonces el tigre se lo tragó entero. El tlacuache, como era bien
canijo, se dejó tragar entero, pero no duró en el interior del tigre
ya que después apareció otra vez por ahí. Parecía que había
muerto, pero no era así; quien sabe qué cosa le había dado al
tigre. El tlacuache engañó tres veces al tigre y no se murió.

TOMADO DEL LIBRO: FIESTAS DE LOS PUEBLOS INDIGENAS DE GUSTAVO TORRES

martes, 2 de septiembre de 2008

LA SEÑORA QUE TENÍA POR MARIDO UN RAYO

LA SEÑORA QUE TENÍA
POR MARIDO UN RAYO

Héctor Martínez
Narrador

Había una vez una familia humilde que vivía en un rancho y en
un jacalito. En este jacalito solamente vivían dos personas de
la familia: una anciana y su nieta, ya que el marido de la anciana
había fallecido y los padres de la nieta también. Como se encontraban
solas no había un responsable de la casa; entonces a
ellas, la vida les costaba muy cara o hacían mucho sacrifico
para poder subsistir, pero se la pasaban, aunque les era un
poco pesado.
La anciana cuidó y mantuvo a su nieta, pero la anciana ya
estaba muy viejita y no podía hacer nada. Entonces, la jovencita
ya había crecido, ya estaba grande, ya ella se dedicaba a los
quehaceres de la casa. Era trabajadora, pero también la gustaba
acarrear leña en un lugar lejano.
Cierta ocasión se le presentó un joven desconocido, que en
realidad era el rayo que se había convertido en persona, y le
habló declarando ser su novia. Pero ella no conocía quien era
esa persona; pero aceptó y charlaron y él le ayudó a cortar leña
a la joven y ambos se retiraron de ese lugar. La jovencita llegó
a su casa y le contó a su abuela:
—Abuelita, ya me voy a casar. Ya tengo novio.
—¿Y quién es tu novio?
—Es un joven que vive allá, en el rancho aquél. Vamos pa’
que lo conozcas.
—Órale pues mi’jita, me gustaría conocerlo.
—Sí abuelita, te voy a llevar. Pero te paras lejos.
Y entonces decidieron ir al rancho y la abuelita se quedó en la
entrada de la milpa, mientras la jovencita se dirigió más adelante.
Empezó a cortar el primer palo cuando apareció una víbora
(que era el rayo, pero rápidamente se convirtió en persona). Le
habló de nuevo a la jovencita, se le acercó, la ayudó a cortar
leña, después terminaron.
El rayo (o el joven) se fue sobre la muchacha, la besó, la
acarició; se besaron, se tomaron confianza. Entonces le dijo a
la jovencita:
—Dile a tu abuelita que te vas a ir conmigo a mi casa, y que
no se preocupe, que un día le voy a ir a dejar todo.
En eso regresa la señorita a platicar con su abuelita:
—Abuelita, me voy a quedar con mi novio y pasado mañana
te deja todo en la casa.
—¡Ay! Condenada, la víbora es tu novio— contesta la
abuelita.
—Sí, abuelita.
—¡Qué bárbara!
La abuelita se había dado cuenta cómo salió la víbora y cómo
besaba a su nieta sacando la lengua, lamiéndola en la cara.
Pero en fin, la jovencita tomó la decisión y se fue con el rayo,
pero le advirtió a su abuelita:
—Pasado mañana, cuando llueva, acuéstate y tápate, y no
te destapes. Pero primero deja al centro de tu casa un baúl, y
que te hagas dos coscomates.
Se hizo todo. Llegó el día y la hora. De repente se nubló y
empezaron a caer las primeras gotas de lluvia. La anciana se
acostó y se quedó dormida; entonces empieza a retumbar el
rayo y trueno suelta el aguacero. Empieza a llover. En eso, la
señora va escuchando ruidos en los coscomates y en el baúl.
Ya era mucho; ya no los soportaba la anciana y se destapó.
Todo quedó inquieto pero ya le habían advertido que no se destapara.
Ni modo; y dejó de llover. Se calmó el trueno. La abuelita
se levantó para ver qué había pasado; que al coscomate y lo
encontro lleno de frijol y maíz; en el baúl habían monedas y
billetes que le había dejado el rayo. La anciana se emocionó, se
hizo rica y mucho más.
Después llegó la jovencita, ya toda una señora. Bajo el brazo
traía un cesto tapado y dijo que llevaba allí a sus hijitos. Le dijo
a la abuelita:
—Vengo a ayudarte. Voy al pozo a lavar.
La abuelita, emocionada, se quedó contenta por ver a su nieta.
Pero ésta le advirtió que no despertara a los pequeñitos. La
abuelita, muy curiosa, cuando salió su nieta por curiosidad destapo
el cesto para conocer a sus bisnietos. Entonces vio muchas
culebritas, hijas del rayo. La anciana se espantó y dejó
abierto el cesto.
Los pequeños despertaron y huyeron. Cuando la madre regresó
ya no encontró a sus hijitos y se molestó. Se retiró del
lugar y se fue a su casa.


TOMADO DEL LIBRO "FIESTA DE LOS PUEBLOS INDIGENAS DE MEXICO" DE GUSTAVO TORRES

03.08.2026