martes, 29 de abril de 2014

Nuestros huesos que inventan su propio precipicio. Tejidos en el cuerpo y en la carne, hundidos en un abrazo que dio de sí y que tapizo de hojas secas el otoño. Humus que crea sombras y savia aún cuando las voces han sido murmullo entre los geranios y hormigas. Vertidos en lo mejor de sí mismos. Moldes de una perfección anhelada y que teje telarañas en la lluvia. Tan descalzos y desnudos como el ciervo que calma su sed y temblor ante una huida invisible. El aire que serpentea en la bóveda de un cráneo que puebla de invisibles pájaros la música de invierno y los helechos.

 gm